Résumé
El año 2025 llega a su fin con una constatación de cruda madurez: la inteligencia artificial, los datos y las infraestructuras digitales han dejado de ser promesas tecnológicas para convertirse en palancas de poder soberano. Lo que antes era una innovación periférica es ahora una cuestión central, al mismo nivel que la energía y la defensa. La economía mundial se ha dado cuenta de que el dominio de la tecnología digital es un requisito previo para la capacidad de producir, de tomar decisiones y, en última instancia, de seguir siendo libre para hacer elecciones estratégicas.
Sin embargo, 2025 no supuso una tregua. Sobre todo, puso fin a un malentendido. Mientras que muchos estaban fascinados por las interfaces espectaculares, el valor real se desplazaba hacia proyectos menos visibles: industrializar los usos, revisar las arquitecturas de datos y asegurar los procesos empresariales. Mientras algunos esperaban magia inmediata, los más exitosos hicieron lo que siempre hacen los ganadores: invertir en ingeniería, método y gobernanza (¡aunque sea menos sexy!).
Este cambio está trazando ahora una clara línea divisoria. Por un lado, las organizaciones que han estructurado sus sistemas de información como activos estratégicos están ganando en solidez y agilidad. Por otro, las que han cedido a una aceleración incontrolada, acumulando soluciones opacas de terceros, ven crecer una deuda invisible. Esta deuda no es solo técnica: es regulatoria, económica y soberana.
En 2026, la cuestión ya no será " hacer IA ", sino quién controla realmente la cadena de valor (modelos, infraestructura informática...)
El año que viene debe ser el de la estabilización. Hay que resistir tanto a la precipitación como a la prudencia (que puede paralizar). Esto significa pensar en las arquitecturas desde la fase de diseño, dar prioridad a la interoperabilidad y la seguridad frente a la comodidad a corto plazo, y conciliar rendimiento y responsabilidad.
La transparencia y la trazabilidad han dejado de ser obligaciones administrativas para convertirse en condiciones de eficacia industrial. Sin una confianza arraigada en la prueba técnica, el despliegue a gran escala seguirá siendo una ilusión.
Para nosotros, en Europa, el reto es el de una soberanía lúcida, capaz de liberarnos de la alternativa entre la dependencia ingenua y el aislacionismo vano. Nuestra autonomía tecnológica no nacerá de los eslóganes, sino de nuestra capacidad de ejecución, de la cooperación elegida y de la alineación entre la ambición política y la realidad industrial.
2026 debe ser el año en que todos se pongan de acuerdo para construir, en serio, con rigor y ambición.
El reto ya no es dejarse impresionar por la tecnología, sino dominarla, para no convertirnos en meros usuarios del futuro de los demás.
Mis mejores deseos para todos y mucho éxito en vuestros proyectos.
¡Y deseando trabajar juntos!
Antoine Jeanjean
Fundador & CEO Bodic